La política y los que se dicen que son políticos, tienen una costumbre muy peligrosa: creer que todo puede esperar.
Puede esperar una obra. Puede esperar una reunión. Puede esperar una gira. Puede esperar una conferencia. Puede esperar un informe.
Incluso puede esperar una candidatura, aunque de vez en cuando haya quien decida arrancarla antes de tiempo. Y de esos hay varios ejemplos.
Por: Juanjo Sánchez
Chetumal, Q Roo
Ese es el problema con la salud. No entienden de calendarios políticos. No saben qué es una auditoría, una agenda o una estrategia electoral. Un niño con fiebre no pospone la infección porque el almacén todavía no distribuye los antibióticos. Un paciente con diabetes no suspende la enfermedad porque alguien olvidó surtir un medicamento. La salud juega con un reloj distinto. Uno que nunca se detiene.
Por eso resulta tan inquietante la denuncia sobre medicamentos e insumos encontrados mojados, caducados o en malas condiciones dentro del almacén estatal de Subteniente López, mientras centros de salud del IMSS Bienestar enfrentan desabasto.
La imagen es demasiado poderosa para reducirla a un problema de inventarios.
De un lado, hay cajas deformadas por la humedad.
Del otro, personas recorriendo farmacias institucionales donde la respuesta es siempre la misma: “No hay”.
La contradicción no necesita demasiadas explicaciones.
La noticia ya no son las cajas. La noticia es el reloj.
Tic… tac…
Tic… tac…
Porque un medicamento no se pudre de la noche a la mañana.
Antes de caducar pasa semanas esperando.
Luego meses.
Después alguien deja de mirarlo.
Más tarde deja de moverlo.
Finalmente… deja de importar.
Cuando aparece el verdín sobre el cartón, el problema ya no es la humedad.
Es el tiempo.
O, mejor dicho, la manera en que alguien decidió administrar el tiempo.
Cada tic fue un día en que esos medicamentos permanecieron inmóviles.
Cada tac fue un paciente que siguió esperando.
Ese reloj no estaba colgado en la pared del almacén.
Estaba en la casa de quien salió del Centro de Salud con una receta que no pudo surtir.
Estaba en la Madre a la que le pidieron regresar la próxima semana.
Estaba en el adulto mayor que escuchó, otra vez, la frase más cara de la burocracia mexicana: “Todavía no llega.”
Porque en salud, el tiempo nunca lo pierde el gobierno.
Siempre lo pierde el paciente.
Los gobiernos o más bien los que cobran (y muy bien por cierto) en esas altas esferas acostumbran decir cuáles son sus prioridades.
Pero las prioridades nunca se conocen por los discursos.
Se conocen por aquello que pueden dejar esperando.
Si una carretera espera, la molestia es económica. Si un parque espera, la consecuencia es política. Si una obra pública espera, habrá críticas, sobrecostos o reclamos. Pero cuando lo que espera es un medicamento, el costo lo paga alguien que ni siquiera conoce el nombre del funcionario responsable.
Ahí es donde la historia deja de ser administrativa. Y se convierte en una historia propia, una historia mía, una historia tuya, una historia nuestra.
Y como todo, empieza a ser política.
Porque administrar un sistema de salud no consiste únicamente en comprar medicamentos.
Consiste en lograr que lleguen cuando todavía sirven y cuando todavía hacen falta.
Todo lo demás son trámites.
Lo esencial ocurre entre el almacén y el paciente. Si esa cadena se rompe, el presupuesto deja de importar, las cifras pierden sentido y los discursos se vuelven papel mojado.
En ese contexto resulta inevitable observar otro contraste. Mientras trabajadores del sector salud denuncian posibles irregularidades en el manejo de medicamentos y una auditoría revisa el almacén estatal, el secretario de Salud, Flavio Carlos Rosado, aparece construyendo una evidente ruta política rumbo a una posible (y casi inexistente) candidatura municipal.
La política tiene esa extraña habilidad de encontrar tiempo para las campañas, incluso cuando parece haberlo perdido para las responsabilidades.
No hace falta afirmar que una cosa explique la otra.
Basta colocar ambas imágenes una junto a la otra.
Mientras unos buscan medicamentos, otros parecen convencidos de que lo verdaderamente urgente son los votos.
Y eso también dice mucho sobre el orden de las prioridades.
Quizá por eso el verdadero escándalo no sea descubrir cajas húmedas dentro de una bodega.
Lo verdaderamente grave es aceptar que pudieron permanecer ahí el tiempo suficiente para echarse a perder sin que nadie considerara urgente hacer algo.
Porque de eso hablan esas cajas.
No de humedad.
Hablan de días.
De semanas.
De meses.
De decisiones postergadas.
De prioridades mal acomodadas.
Hablan de un sistema que dejó de entender la diferencia entre lo importante y lo urgente.
Entonces sí vale la pena volver al principio.
¿Qué tanto importa la salud?
Importa exactamente hasta donde llegan las prioridades de quienes tienen la responsabilidad de protegerla.
Porque un medicamento puede caducar. Eso pasa.
Lo que nunca debería caducar es el sentido de urgencia de quienes administran un sistema de salud.
Y esa quizá sea la imagen más preocupante de toda esta historia.
No se están pudriendo solamente medicamentos.
Se está pudriendo el concepto de urgencia.
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