Le toca sacar al estadounidense Ben Shelton, que tiene uno de los servicios más potentes del circuito. La pelota sale a unos 200 kilómetros por hora y se estampa contra el fondo de la pista. Solo entonces, la cámara enfoca ese sector y repara en la niña que acaba de esquivarla. Es la recogepelotas Sofía Huntanu, de 14 años, que respira hondo con alivio. La sonrisa no se la saca nadie. Por un momento se rompió el hechizo que hace que ella y sus compañeros sean invisibles. Uno en cada esquina y dos en la red, coordinan el flujo de bolas para reducir al mínimo los segundos entre punto y punto. Pasan desapercibidos, el mejor recogepelotas es el que nadie recuerda. El vídeo circuló por TikTok y ella lo recuerda con entusiasmo, como si el tenista le hubiese dado un autógrafo en vez de un pelotazo. Nacida en Getafe y de padres rumanos, es una de los 224 recogepelotas del Mutua Madrid Open y comparte pista con sus ídolos durante las dos semanas que dura el Masters 1000 de la capital.
Un año después, Hutanu llega todavía agitada desde la pista central con las piernas naranjas, cubiertas del polvo de arcilla. Acaba de recoger pelotas para Aryna Sabalenka, la número uno del tenis femenino. “Estoy feliz. Es mi jugadora favorita. ¡Es que me encanta! ¡Es que la admiro! ¡Es que la adoro!”, comparte verborrágica. Hoy tenía examen de Historia, pero un justificante le permitirá hacerlo más adelante y pasar un día más con sus referentes. Juega desde los cinco años; a los 11 se inscribió en su primer torneo, lo ganó y decidió seguir.
Los recogepelotas son niños de entre 11 y 16 años, federados de tenis, que han sido evaluados en la Caja Mágica por su habilidad, agilidad, puntería y velocidad. Los adultos cobran, los menores no. Los afortunados son seleccionados de entre los 600 postulantes que se presentan en enero y, en definitiva, son de los pocos que disfrutan los partidos a ras de la pista. Muchos profesionales, como Roger Federer, empezaron así. “Cuando la ves en la tele dices: ‘¡Madre mía, mira como le pega a la bola!’, y cuando la ves en persona dices: ‘¡Estoy al lado!’. No quería salir de ahí…”, dice Hutanu sobre la tenista bielorrusa.

Hubo un tiempo en el que los jugadores buscaban sus propias pelotas, pero el deporte fue profesionalizándose y llegaron ellos, para agilizar el ritmo. Ensayan semanas antes con partidos simulados: que la pelota no rebote, que vaya lo más recta posible. Los dos del fondo asisten al jugador, le ofrecen bolas para el saque, le acercan la toalla, lo cubren del sol o de la lluvia con su sombrilla. Los de la red, en cambio, siguen la puntuación, buscan las que se quedan ahí y conectan las dos mitades de la pista. Su coreografía es entre acrobática y castrense. Como en el tenis, practican explosividad, arranques y frenazos.
“Te contagias de la propia tensión que genera el partido, y ahí es cuando vamos más rápido”, describe Adrián de la Cruz, profesor de tenis de 32 años y también parte del equipo de 30 recogepelotas adultos que participan en los encuentros más importantes. Desarrolla que el nerviosismo no depende tanto del “aura” del jugador, sino del contexto: “En las semifinales y en la final hay más público, así que la presión de todos crece”.
En años anteriores, que los adultos fueran modelos había levantado críticas de quienes se quejaban de que no conocían las reglas o de su vestimenta. Ahora se forman las dos semanas que preceden al torneo y muchos vienen del mundillo del tenis. O bien han sido recogepelotas que al crecer cambiaron de categoría para poder seguir participando. Entre ellos están César y Juan García, gemelos que colaboraron siete años seguidos cuando estaban en el colegio y que ahora siguen de mayores.
No pueden hacer ningún sonido, ni expresión, ni festejar, ni asombrarse. Son un pulso silencioso. Justo el pasado sábado se tuvo que repetir un punto porque el recogepelotas se acercó a la bola pensando que se iba fuera, antes de que el estadounidense Tommy Paul la devolviera. “La prioridad al jugador, eso siempre”, afirma De la Cruz. Van aprendiendo sobre la marcha sus manías y preferencias. “¡Nunca le pases al jugador la misma pelota con la que ha perdido el punto!”, advierte por escrito el manual que reciben.

El hangar donde descansan parece un recreo escolar. Griterío, charlas en corrillo. El año pasado les tocó allí el apagón, y para entretenerse mientras esperaban noticias, jugaban a rodar mandarinas. Coral Martínez es quien los coordina a todos, además de ser directora de la escuela de tenis y pádel Caral Ocio, en Getafe. Hay algunos pequeños con gorra azul que no llegan ni al pecho del italiano Jannik Sinner. “Son los mejores”, asegura Martínez. Y se ríe: “Aunque no lo parezca, se portan mejor que en sus propias casas”.
Con su falda o pantalón corto azul marino y su polo celeste se mueven solos por el predio en grupos de seis, con un capitán elegido por ellos mismos. Pasan una hora en pista y una hora fuera. “Son autosuficientes, superresponsables, están siempre 10 minutos antes”, comenta Martínez.
Lo viven como un campamento de primavera: “Luego se ven en ligas regionales o en torneos y dicen: ‘Tengo que ganarle a mi compañero del Mutua”, cuenta la coordinadora. Hutanu espera este momento todo el año, ya hizo varios amigos. En su primera vez acababa de cumplir 12 años, se apuntó sin conocer a nadie y estaba nerviosísima. “Al final estás recogiendo bolas, pero estás recogiendo también momentos increíbles”, resume. De la Cruz coincide con su alumna: “Se lo digo a mis chicos: ‘Aprovechad la experiencia’. Si yo hubiera sido recogepelotas de pequeño me hubiese tocado la época de Nadal y Federer. Igual dentro de unos años veremos a todos estos como glorias y ellos van a tener ese recuerdo de cuando empezaron…”. De cuando empezaron, y ellos estuvieron en la primera fila.




