Iré a verle y charlaremos, presidente

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«A ver si vienes otra a vez a verme que me encanta hablar contigo». En los últimos tiempos mi relación con Miquel Contestí pasó del ámbito profesional al personal. Hace dos años, con motivo del especial de la Copa del Rey realizado por este periódico, tuve la ocasión de acudir a su domicilio particular en s’Arenal, una casa de más de un siglo en la que vio por primera vez la luz en 1933. Allí me recibió emocionado y estuvimos charlando durante más de una hora. Del Mallorca y de la vida. Desde entonces he acudido a saludarle y a conversar con él en un par de ocasiones. Le encantaba pasar un rato con alguien y recordar los buenos tiempos. La última visita fue el pasado 1 de diciembre, cuando le mostré el póster oficial que había entregado Ultima Hora.

Como suele suceder con las personas mayores, tenía las emociones a flor de piel y nada más sujetarlo se puso a llorar. Porque Contestí no podía hablar de su club sin soltar una lágrima. Lo tenía grabado a fuego en el corazón. Recuerdo que ese día no se encontraba demasiado bien y entonces me emplazó a otra visita. Fue la última vez que le vi, aunque la semana pasada le felicité las fiestas navideñas. Aunque se encontraba mal de salud y acudía a diálisis de forma regular, sus familiares más cercanos no pensaban en un desenlace tan inminente.

Para mí Miquel Contestí Cardell era, sobre todo, un mallorquinista de carácter y corazón. Cuando era un chaval cargado de sueños e ilusiones, de esos de libreta y bolígrafo, que apenas comenzaba en esto de contar historias, el club se encontraba inmerso en plena conversión a Sociedad Anónima Deportiva. Contestí fue el encargado de hacer la transición para el grupo de doctores encabezados por Miquel Dalmau que asumieron las riendas de la entidad en el 92.

Posteriormente desapareció del mapa, aunque cada equis años me gustaba entrevistarle porque siempre tenía algo interesante que decir. Criticaba las sociedades anónimas, no entendía muchas de las decisiones que adoptaban los mandatarios actuales y añoraba el pasado. «Hasta los 85 años jugaba a fútbol y ahora casi no me puedo ni mover, Carlos. Es muy malo hacerse mayor…» repetía en las últimas visitas. Ahora, ya descansando, solo puedo decirle una cosa. Iré a verle y charlaremos, presidente…

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