Durante milenios, la humanidad ha contemplado la Luna con asombro, atribuyéndole poder, belleza e incluso misterio divino. Pero ahora, un estudio reciente desvela que ese objeto celeste podría ser el resultado de una antigua tragedia cósmica entre dos mundos hermanos. Según esta investigación, un planeta del tamaño de Marte (al que se ha dado el nombre de Theia) nació en las cercanías de la Tierra y acabó estrellándose contra ella hace 4.500 millones de años. El resultado: la Luna, tal y como la conocemos hoy.
Esta idea no es del todo nueva. La llamada teoría del “gran impacto” ha sido durante décadas la explicación predominante del origen lunar. Sin embargo, lo que cambia en esta nueva visión es el lugar de nacimiento de Theia: no vino de los confines del sistema solar, como se creía, sino que creció justo al lado de la joven Tierra, compartiendo con ella los mismos materiales primordiales del disco solar interior.
Análisis de muestras lunares
Timo Hopp, geocientífico del Instituto Max Planck para la Investigación del Sistema Solar, ha liderado este estudio revolucionario. Según explica, tanto la proto-Tierra como Theia se formaron a partir del mismo reservorio de materia cósmica que dio origen a los planetas rocosos.
Su equipo llegó a esta conclusión tras analizar muestras lunares traídas por las misiones Apollo, combinadas con rocas terrestres y meteoritos recolectados en la Antártida. En dichas muestras, buscaron pistas químicas casi invisibles, huellas de elementos como el hierro y el molibdeno que podrían haber sido incorporados a nuestro planeta durante el choque.
Y los hallazgos son sorprendentes. Los rastros químicos indican que estos elementos no se originaron en las profundidades de la Tierra primitiva, sino que fueron añadidos posteriormente, probablemente por Theia, durante el gran impacto. Esto sugiere no solo una procedencia cercana, sino también una similitud fundamental entre ambos cuerpos celestes.
Para probar esta hipótesis, los investigadores aplicaron modelos geoquímicos sofisticados, comparando las firmas isotópicas de las muestras con las de meteoritos conocidos. Solo un escenario cuadraba con los datos: Theia debió formarse en la parte interna del sistema solar, aún más cerca del Sol que la Tierra.
En este caso, se trataría de un planeta rocoso con núcleo metálico, que contenía entre el 5% y el 10% de la masa terrestre. Este detalle no es menor, ya que refuerza la idea de que los planetas rocosos se originaron a partir de múltiples embriones planetarios que colisionaban en una danza caótica de formación y destrucción.
Una época turbulenta
Los primeros cien millones de años tras la formación del Sol fueron cualquier cosa menos tranquilos. El sistema solar interior estaba poblado por docenas, quizás cientos, de embriones planetarios del tamaño de la Luna o de Marte. En esa etapa violenta, las colisiones eran la norma y no la excepción. Theia, según el estudio, era solo uno de esos muchos candidatos a planeta, y su destino fue colisionar con la Tierra y desaparecer, fundido en nuestro planeta y transformado en el satélite que aún hoy sigue su órbita.
Lo que hace aún más fascinante esta historia es que, pese a su violento final, Theia no desapareció sin dejar huella. La Luna conserva una memoria química compartida con la Tierra: sus firmas isotópicas son tan similares que durante años los científicos se preguntaron cómo dos cuerpos distintos podían tener composiciones tan iguales. Este estudio sugiere que esa similitud es lógica si ambos planetas se formaron uno junto al otro, con materiales prácticamente idénticos.
Pero no todo es concluyente. El estudio también plantea la existencia de un componente misterioso, un tipo de materia del sistema solar interior que no se encuentra en ningún meteorito conocido. Podría tratarse simplemente de una laguna en nuestras muestras, o bien de una pista hacia una parte del sistema solar aún sin explorar en profundidad. Quizás, en el futuro, misiones hacia Venus o incluso hacia Mercurio logren capturar restos de este material “fantasma” y nos ayuden a cerrar definitivamente el capítulo del origen lunar.




