Para evitar más complicaciones de salud, se estableció una zona de exclusión de 30 kilómetros, conocida como la “zona de alienación”, con el fin de mantener a las personas lejos de los restos más contaminados. Pero mientras que los humanos se alejaron, el moho negro de Zhdanova se instaló lentamente. Al igual que las plantas buscan la luz del sol, la ciencia detrás de las investigaciones de Zhdanova mostró que las hifas fúngicas de este moho se sentían atraídas por la radiación ionizante. Este fenómeno, al que la investigadora bautizó “radiotropismo”, resultaba paradójico.
La radiación ionizante, que es mucho más potente que la luz solar, es un bombardeo de partículas que atraviesa el ADN y las proteínas, causando daño celular que puede generar mutaciones y matar organismos. Además de los hongos aparentemente radiotrópicos, los estudios de Zhdanova identificaron otras 36 especies de hongos comunes, aunque poco relacionadas entre sí, creciendo en el área. Su trabajo pionero sobre estos hongos radiotrópicos, a lo largo de las siguientes dos décadas, trascendió a Ucrania. Aportó ciencia a la idea de una posible nueva base para la vida en la Tierra, una que florece con la radiación en lugar de la luz solar.
El descubrimiento en medio de un lugar mortal
hongo
El pigmento clave en esta historia es la melanina. Esta molécula, que da el color de la piel y el cabello en las personas, es la razón por la que las distintas especies de moho de Chernobyl son de color negro. Sus paredes celulares se encuentran repletas de melanina. Del mismo modo que la piel oscura nos protege de la radiación ultravioleta, Zhdanova pensó que la melanina de estos hongos actuaba como un escudo contra la radiación ionizante. La ciencia descubrió que no solo los hongos utilizaban esta propiedad protectora de la melanina. En los estanques de Chernobyl, las ranas con más melanina, y por ende más oscuras, vivían mejor y se reproducían más, por lo que la población local se oscureció progresivamente.
La melanina no funciona como un escudo duro que desvía el proyectil, en este caso la radiación. En cambio, su estructura desordenada absorbe la radiación, ya sean partículas radiactivas o UV, y disipa su energía. Este pigmento funciona también como un antioxidante, capaz de estabilizar los iones reactivos que la radiación genera en la materia biológica. En 2007, Ekaterina Dadachova, una experta nuclear, complementó el trabajo de Zhdanova. Demostró que el crecimiento de los hongos de Chernobyl no solo se orientaba hacia la radiación (radiotropismo), sino que también aumentaba en presencia de esta.
Los hongos que contienen melanina, como los del reactor, crecieron un 10% más rápido cuando estuvieron expuestos a Cesio radiactivo, en comparación con cultivos sin radiación. Dadachova y su equipo encontraron que los hongos irradiados con melanina parecían utilizar la energía de la radiación para impulsar su metabolismo. Es decir, la usaban para crecer. Zhdanova ya sugirió que estos hongos podrían estar aprovechando la energía de la radiación, y la ciencia de Dadachova apoyó esa idea. Dadachova pensó que los hongos se alimentaban activamente de la energía de la radiación, un proceso que denominó “radiosíntesis”, con la melanina como elemento central.





