Por Luis Mis – Gato Maya
El asesinato del alcalde independiente de Uruapan, Carlos Manzo, no fue sólo un crimen: fue un mensaje. Un recordatorio brutal de que la Cuarta Transformación perdió el rumbo, Harfuch fracasó en su “estrategia de seguridad” y el pueblo, cansado de ser ignorado, decidió tomar la justicia en sus propias manos.
En un país donde la muerte se volvió paisaje, su ejecución ya no escandaliza a nadie. Es otro político asesinado, otra promesa incumplida, otro comunicado lleno de frases vacías. Pero lo que representa su muerte va más allá de Uruapan: es la radiografía del fracaso total del Estado mexicano.
Un Estado que se disfraza de autoridad, pero que sólo sobrevive a base de discursos y ruedas de prensa.
La 4T convirtió su promesa en luto, porque juró devolverle al pueblo la esperanza, la justicia y la seguridad, pero sólo entregó miedo, frustración y funerales.
“Abrazos, no balazos”, dijeron… y hoy ni abrazos ni justicia: solo silencio y cobardía.
Carlos Manzo fue uno de los pocos que se atrevió a enfrentar al crimen sin pactar. Lo asesinaron por eso. Y lo más grave no es su muerte, sino la indiferencia del poder., porque en este país, la valentía no se premia: se entierra.
El crimen de Manzo también exhibe el fracaso del nuevo rostro de la seguridad nacional: Omar García Harfuch. El funcionario estrella de la 4T, el supuesto experto en pacificar, no ha logrado lo más básico: proteger a quienes gobiernan.
Si su estrategia fuera efectiva, Carlos Manzo seguiría vivo. Pero no lo está. Y eso deja claro que la “seguridad” de Harfuch no existe fuera de las conferencias de prensa.
Su modelo no combate la violencia: la administra, la maquilla y la normaliza.
El país se sigue desangrando mientras el gobierno presume operativos. El crimen crece, los alcaldes caen y las víctimas se acumulan… pero las cifras oficiales dicen que “todo va bien”.
Y el pueblo, por fin, explotó. En Morelia, la indignación se volvió acción. Ciudadanos hartos tomaron el Palacio de Gobierno y lo destrozaron.
Y no, no fue vandalismo. Fue rabia, frustración y cansancio acumulado contra un poder que ya no escucha ni gobierna.
Los destrozos en Morelia son el reflejo de un país que perdió la paciencia, porqie cuando el Estado no protege, la gente responde. Cuando la autoridad no gobierna, la calle toma el mando. Y eso, aunque duela, es política pura: la del hartazgo.
El asesinato de Manzo y la furia de Morelia son síntomas del mismo mal: la descomposición total del Estado mexicano.
La 4T no sólo fracasó en su promesa de cambio; se volvió parte del problema. El gobierno se acostumbró a administrar cadáveres, a justificar la violencia, a pedir calma mientras el país se incendia.
Los ciudadanos ya no creen. Ya no confían. Ya no esperan. Y cuando un pueblo deja de creer en su gobierno, el poder deja de tener sentido.
El asesinato de Carlos Manzo no sólo marca un crimen político: marca el punto en que México dejó de tener paciencia.
La furia del pueblo no es desorden: es el resultado de años de abandono. Y mientras el gobierno siga repitiendo mantras vacíos y Harfuch siga jugando al policía perfecto, el país seguirá caminando entre sangre y discursos.
La 4T ya no transforma nada: ni la justicia, ni la seguridad, ni la esperanza. Y si el gobierno no lo entiende, el pueblo se lo va a gritar —a golpes, a gritos, o en las urnas.
Carlos Manzo fue asesinado durante una fiesta de muertos. Irónico, sí. Pero también simbólico: porqie en México, la muerte se volvió la única constante de esta mal llamada transformación.




