Complicidad con desayuno de chilaquiles: cuando el poder se burla del pueblo

0
467

En un país donde los vínculos entre funcionarios y crimen organizado ya no son rumores, sino parte del expediente judicial y mediático cotidiano, lo último que se espera de una figura del Senado es una defensa banal e irresponsable de quien está en el centro del escándalo. Pero eso fue exactamente lo que hizo el presidente de la Mesa Directiva del Senado, Gerardo Fernández Noroña, al referirse a Adán Augusto López.

Por Luis Mis

“Desayuné chilaquiles rojos y no hablamos del tema”, dijo Noroña, como si la opinión pública estuviera para escuchar menús y no para exigir rendición de cuentas. Así de cínico, así de ofensivo.

Fernández Noroña asegura que “no hay pactos de complicidad”, pero su propia declaración lo traiciona. ¿Cómo puede haber transparencia si, según él mismo, evitó tocar el tema más espinoso del momento durante una charla privada con el propio Adán Augusto? ¿Cómo puede alguien que encabeza el Senado evitar una conversación sobre un colaborador cercano prófugo de la justicia y señalado por corrupción y presuntos nexos con el crimen organizado?

Peor aún: califica como “campaña inquisitoria” a los señalamientos periodísticos. Lo que Noroña llama inquisición, otros lo llamamos periodismo. Y lo que él considera linchamiento mediático, es simplemente la consecuencia de años de complicidades, silencios y omisiones que hoy explotan en la cara del sistema político.

Los hechos son claros: Adán Augusto fue gobernador de Tabasco y colocó como su secretario de seguridad a Hernán Bermúdez Requena, hoy prófugo y señalado por corrupción. ¿De verdad quieren que creamos que el exsecretario de Gobernación no sabía con quién trabajaba? ¿Que este es otro “caso aislado”? ¿Otra víctima del golpeteo político?

Ya basta. La ciudadanía no necesita chistes, ni justificaciones vacías, ni líderes que esquiven responsabilidades con frases de sobremesa. Necesita verdades, investigaciones y consecuencias. Necesita que alguien —por una vez— asuma el costo de haber metido al crimen a las entrañas del poder.

Adán Augusto no es una víctima. Es, en el mejor de los casos, un político torpe que confió en los peores. Y en el peor de los casos —el más probable—, un actor activo de esa red de intereses que tanto daño ha hecho al país.
Y Noroña, al defenderlo con trivialidades, se convierte en cómplice de la misma podredumbre que él fingía combatircuando decía ser un político diferente.

Ya lo dijo alguien: en México, los chilaquiles se digieren mejor que la verdad. Pero eso no hace que la verdad desaparezca.